Dos días después de lo dicho iniciaba una semana más que diferente entre Sheccid y yo. Ella insistió (y yo también) en que nuestra amistad valía más que una decepción. Seguimos caminando y conversando como siempre, pero no como antes.
Las palabras se trababan para ambos. Qué decir, cómo decir. Parecía más fácil, pero debíamos cuidar cada palabra, cada expresión, cada movimiento. Era complicado. Realmente complicado.
Las muestras de cariño debían ser mínimas. Aún así, uno esperaba del otro una señal. Solo una pequeña señal que dijera "aún me importas". Ninguno cedió. Todo estaba claro.
sábado, 26 de febrero de 2011
Sheccid, no puedo arrancarte de mí
miércoles, 19 de enero de 2011
¿Vamos al cine Sheccid?
Último día del mes. Se venía una pequeña despedida. Digo pequeña porque solo nos “separaríamos” tres días Sheccid. Para suerte nuestra, un fin de semana. Te acompañé por el camino de siempre aquella tarde soleada. Bromeamos mientras saboreábamos los helados que insistí en pagar. Seguimos el camino conversando sobre esto y aquello y ni la llamada del buen amigo Walter hizo que dudara en continuar el camino. Cuando te percataste que miraba el celular, tomaste mi mano, te miré y sonreíste. ¿Seguimos?, preguntaste sin dejar de sonreir. Corté la llamada.
Llegamos al parque y nos sentamos en la banca más próxima. Una refrescante pero inoportuna brisa de aire batió ligeramente tu cabello. No lo notaste sino hasta cuando las yemas de mis dedos se acercaron y corrigieron el desliz. Gracias, dijiste ruborizada. La conversación continuó por largo rato.
Salimos del parque y en breve llegamos a tu casa. Agradeciste mi compañía. Yo, la tuya. Nos despedimos, me abrazaste, y ambos dijimos que nos íbamos a “extrañar”. Solo serán unos días. Entraste a casa.
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Regresé a los deberes más que contento. Una tarde más que perfecta y junto a ti Sheccid. Pero sabía que aún podía ser mejor. ¿Realmente tendríamos que dejar de vernos? ¿Acaso había la posibilidad de encontrarnos una vez más? Miré el reloj. Hace quince minutos que te dejé en casa. Sí. Lo voy a hacer. Te voy a llamar.
Dejé los libros, lapiceros y la mochila en la mesa. Busqué y encontré el lugar apropiado.
Miré a uno y otro lado por si había alguna persona conocida. Nadie a la vista. Ubiqué tu número en el directorio del celular, respiré tres veces y practiqué en silencio lo que a continuación diría. Algunos pensamientos negativos llegaban a mi mente, ¿Y si me dice que no? No hice caso. Me armé de valor y llamé.
¿Aló?Hola Sheccid, -hola-, me preguntaba si… bueno…te gustaría…-si me gustaría…- repitió Sheccid como dándome valor- si te gustaría ir al cine conmigo…- ir al cine contigo…- claro que sí. Me encantaría. El sábado verdad?...sí. el sábado... (Luego de ello ultimamos detalles sobre el cine, horarios, el tipo de película y el lugar de encuentro. Lo más importante: Dijo que sí). Nos despedimos.
Más feliz que nunca recogí mis pasos hacia la mesa en donde dejé los libros, lapiceros y la mochila. Walter estaba ahí. Había reconocido mis cosas. Antes que pudiera decir algo, preguntó: ¿por qué cortaste mi llamada?
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Tus ojos, Sheccid
Cierto día Sheccid y yo estábamos solos en la sala esperando por los otros y elegimos nuestros lugares juntos como de costumbre. Sheccid dijo que notaba sus lentes con ciertas nubosidades. Tomé rápidamente el estuche que contenía los míos buscando el pañito azul que los acompañaba. Sheccid también buscaba el suyo, pero se detuvo al notar que había sido más rápido. Gracias, dijo.
Sheccid retiró lentamente sus gafas con dos dedos de la mano derecha y limpió cada luna con los de la otra mano. ¿Por qué callaste?, preguntó Sheccid sin quitar su atención de cada movimiento circular que hacía.Tus ojos Sheccid, respondí casi automáticamente.
Sin querer me había quedado mirando los ojos de Sheccid. Tus ojos, repetí de inmediato. Sheccid giró y me miró fijamente. Esta vez no dije nada, pero no dejé de mirar los ojos de Sheccid. Ella rió al ver mi rostro asombrado. Tienes unos hermosos ojos Sheccid, alcancé a decir antes de que llegara otra persona al lugar y se acercara a saludarnos.
Desde entonces Sheccid me pide cada tarde el pañito azul.
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(clic en la imagen para ver el video)
Y respondiste Sheccid
¿Estarás bien? Preguntó Sheccid por última vez. Sí. Estaré bien. No te preocupes. Gracias por escucharme. …
Estaba destrozado por completo. No debería. Era evidente cuál sería su respuesta y se suponía estaba preparado. No fue así.
No tenía clases, pero quise regresar solo para caminar. Caminé y caminé sin rumbo definido. Algunos saludaban, y yo respondía con un saludo lastimero. No escuché nada más. No tenía ganas de nada. Sonreía nervioso.
Caminar y pensar. Eso era todo. Pensar en Sheccid. En cada palabra que dijo. En cada expresión de su rostro que trataba de explicar porqué no.
Yo también te quiero, pero ambos sabemos que no podríamos pasar de una muy buena amistad. Intentarlo nos traería muchos problemas. Tú más que nadie lo sabes.
Lo peor es que –insisto- yo sabía las razones. Pero insistí. Me dejé llevar. Vi una pequeña esperanza y me aferré a ella. Podíamos enfrentarlo juntos. No. Sheccid no estaba preparada y puedo decir que yo tampoco. No sin ella.
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viernes, 10 de diciembre de 2010
La carta, Sheccid
Y el día llegó. Muy rápido, lo sé. Y no pasamos los últimos días como acordamos: juntos y recordando los buenos momentos. Estuviste ocupada. No te culpo, yo también. Debía ser una semana para el recuerdo. Y lo fue.
Te vería en la tarde para la despedida. ¡Un último regalo!, pensé. Una carta, quizás. Sí. Una carta. Una carta en la que te agradecería por todo. Por todo Sheccid. Por todo. Y escribí, escrbí y escribí. Como nunca antes. Todo en una carta.
---- Todos se fueron. Se despidieron y te desearon lo mejor. Esperé que nos dejaran solos, y una vez más, caminamos. Esta vez, muy lentamente.
Como quien cuenta sus pasos uno por uno. Conversamos, reímos, molestamos, y callamos. Al final callamos. Nuestro trayecto había acabado. Fue entonces cuando el silencio nos envolvió.
Pediste que no me vaya. Eso dolió. Traté de esquivar tus palabras. No lo hice bien.Solo logré que la angustia se extendiera aun más. Pero comprendiste que debía irme. Me regalaste una sonrisa. Una sonrisa a la que le siguió un fuerte abrazo, un beso, una caricia y un suspiro.
Tomé por última vez tus manos y les entregué la carta que guardaba conmigo. Es para ti, Sheccid. Sin poder revisarla, preguntó lo que era. Esta vez no contesté.
Dejé a Sheccid con la duda, giré, y avancé. Rápido. Cada vez más rápido y sin voltear a mirarla. Sentí humedecidos los ojos y la vision algo borrosa. Respiraba con dificultad. Seguí avanzando.
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martes, 7 de diciembre de 2010
Aún te extraño, Sheccid
Vuelvo a ser el mismo de hace dos años, y sobre todo, sin la sensación de que alguien esperase por mí. Saludo a los viejos amigos con la seriedad de toda la vida y el cambio es más que evidente. La fría tarde colabora con estos recuerdos que jamás creí vivir. Quién lo diría. Yo. Sí Sheccid. Yo. Es difícil. Debo aceptarlo. Pero debo agradecerte todo lo vivido.
Esperé- y no exagero- muchos años para conocer a alguien como tú. Muchos dijeron que no existías. Yo decidí esperar tu llegada.
Y un día apareciste, en el momento que menos imaginé. Tardé en reconocerte, pero cuando lo hice, me dejé llevar por la vorágine de haberte encontrado y disfruté cada segundo contigo. Día tras día, mes tras mes, aun en contra de lo que muchos decían.
No hice caso.
¿Por qué? Por miedo Sheccid. Por miedo a perderte. Esperé mucho. Sí. Esperé mucho. Pero me siento tranquilo, calmado, diferente. Sobre todo, diferente.