martes, 13 de julio de 2010

Mientras dormía

La puerta se abre con un sonido que aturde. Cansado aún, intento responder del sueño que me ata a la cama. Otro sonido, más fuerte y certero, me detiene. Un frío se siente en mi espalda. Un frio que recorre poco a poco mi cuerpo acompañado de un líquido que desborda y se empoza.

Lo tenemos-se escucha-. Pausados pasos y una risa estrambótica, también.
No puedo moverme ni mirar al que atacó a traición. Las fuerzas se agotan. Mis sentidos trastabillan.

Siento dos brazos tomarme del cuello. Me acerca a su rostro, pero no lo distingo. Dónde está. Dice la sombra mientras lanza un golpe en el estómago.

Así no puedo decírtelo, respondo. Otro golpe replica lo dicho.

Me suelta, caigo al piso y lanzo un grito ahogado. Habla, dice mi atacante. Añade una patada.
Es suficiente. Está ahí, en el ropero. Segundo cajón, a la derecha. Ríe.

Me hace a un lado y quedo bocabajo. Sobre mí, cada prenda que cubría lo escondido.
Ahora ríe más fuerte. Llama a sus cómplices y cinco voces celebran el hallazgo.

Un segundo estruendo calla mi relato.
Y te dije adiós Sheccid


Un nudo en la garganta me oprime a cada paso que doy. Las risas y comentarios de los otros pasan desapercibidos. No importa lo demás. No importa.
Hace unos minutos te dije adiós, No quería hacerlo, Pero debía.
Sigo caminando. Taciturno, cabizbajo, cariacontecido.
Pediste que no me fuera. La decisión ya estaba tomada. Una, dos tres, veces pedí perdón.
Me despido con un beso en la mejilla. Mis ojos húmedos huyen de tu vista y se esconden en “la selva de cemento”.
Dejo en tus manos mi cariño y afecto. Preguntas qué es. No respondo. Media vuelta y camino. Firme. Decidido.
El susurro de tu voz se aleja poco a poco.

Gracias Sheccid.