viernes, 10 de diciembre de 2010



La carta, Sheccid


Y el día llegó. Muy rápido, lo sé. Y no pasamos los últimos días como acordamos: juntos y recordando los buenos momentos. Estuviste ocupada. No te culpo, yo también.
Debía ser una semana para el recuerdo. Y lo fue.

Te vería en la tarde para la despedida. ¡Un último regalo!, pensé. Una carta, quizás. Sí. Una carta.
Una carta en la que te agradecería por todo. Por todo Sheccid. Por todo.
Y escribí, escrbí y escribí. Como nunca antes. Todo en una carta.

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Todos se fueron. Se despidieron y te desearon lo mejor.
Esperé que nos dejaran solos, y una vez más, caminamos. Esta vez, muy lentamente.
Como quien cuenta sus pasos uno por uno.
Conversamos, reímos, molestamos, y callamos. Al final callamos. Nuestro trayecto había acabado.
Fue entonces cuando el silencio nos envolvió.

Pediste que no me vaya. Eso dolió.
Traté de esquivar tus palabras. No lo hice bien.Solo logré que la angustia se extendiera aun más.
Pero comprendiste que debía irme. Me regalaste una sonrisa.
Una sonrisa a la que le siguió un fuerte abrazo, un beso, una caricia y un suspiro.

Tomé por última vez tus manos y les entregué la carta que guardaba conmigo. Es para ti, Sheccid.
Sin poder revisarla, preguntó lo que era. Esta vez no contesté.
Dejé a Sheccid con la duda, giré, y avancé. Rápido. Cada vez más rápido y sin voltear a mirarla.
Sentí humedecidos los ojos y la vision algo borrosa. Respiraba con dificultad.
Seguí avanzando.



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martes, 7 de diciembre de 2010


Aún te extraño, Sheccid

Vuelvo a ser el mismo de hace dos años, y sobre todo, sin la sensación de que alguien esperase por mí. Saludo a los viejos amigos con la seriedad de toda la vida y el cambio es más que evidente.
La fría tarde colabora con estos recuerdos que jamás creí vivir. Quién lo diría. Yo. Sí Sheccid. Yo.
Es difícil. Debo aceptarlo. Pero debo agradecerte todo lo vivido.

Esperé- y no exagero- muchos años para conocer a alguien como tú. Muchos dijeron que no existías. Yo decidí esperar tu llegada.

Y un día apareciste, en el momento que menos imaginé. Tardé en reconocerte, pero cuando lo hice, me dejé llevar por la vorágine de haberte encontrado y disfruté cada segundo contigo. Día tras día, mes tras mes, aun en contra de lo que muchos decían.
No hice caso.

¿Por qué? Por miedo Sheccid. Por miedo a perderte. Esperé mucho. Sí. Esperé mucho.
Pero me siento tranquilo, calmado, diferente. Sobre todo, diferente.

Aún te extraño, Sheccid.

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Tu cumpleaños, Sheccid


Ahora recuerdo Sheccid el primer cumpleaños que pasaste conmigo.
Creíste que lo olvidaría. Pero cómo si me lo insinuabas día y noche. Ríes.
En realidad sí lo sabía, y quería regalarte algo especial. Un presente que pudieras conservar y porqué no, con el cual recordarme.

Mi más grande duda era encontrar el momento preciso para entregártelo. Más aún si todos querían saludarte. Ya acababa el día y tu regalo se resignaba a no llegar a ti. Pero encontré el momento. Todos estaban distraídos. Tú, a mi lado.

Te dije que tenía una bolsa en la mochila. Tráemela, por favor. Con tu curiosidad miraste en su interior. Dudaste. Buscaste mi atención y en silencio te dije: es para ti. Volviste a mirar el regalo. Sonreíste.
Ahora tu mirada era hacia mí.

Corriste y me abrazaste. Dimos una vuelta en el lugar. Mi voz llegó a tu oído. Te quiero mucho. Yo a ti.


Feliz cumpleaños Sheccid.
Lo recuerdas, Sheccid ?


Reímos simultáneamente mientras recordamos la vieja anécdota de la combi. Sheccid y yo apenas nos conocíamos. Es más, para ella yo sólo era un “conocido de vista”.
Salíamos con el grupo de toda la vida hacia los paraderos y “sin querer queriendo” nos quedamos solos. Para variar, mi silencio llenó el ambiente. Por suerte llegó la combi.

Subiste primero y tomaste el asiento más cercano. Con un rápido vistazo vislumbré un asiento allá al fondo junto a la pequeña ventana que llenaba de aire la combi. Te miré de reojo. Ni te inmutaste. Pidiendo permiso una, otra y otra vez, llegué a mi asiento. Gracias a uno de los tantos cráteres de las pistas limeñas pude tomar un par de monedas del bolsillo derecho. Un par, repito. Pensaba pagar tu pasaje y ver en tu rostro una señal de agradecimiento. Me equivoqué, cuando le dije al cobrador que pagaba por los dos, él respondió que tú te me habías adelantado. “Para la próxima será”, me dijo mientras me entregaba el boleto.

Por suerte yo bajaba antes que tú. Que tan antes o tan después no importaba. Debía resarcir el error cometido. Error que hoy me dices que nunca lo notaste. Yo sí.

Avenida baja. Apresurado llegué a la puerta, me acerqué a ti despidiéndome con un beso en la mejilla. Nuevamente y sin inmutarte me lo devolviste. Pero no esperabas lo que iba a hacer. Tomé tu mano, y puse la moneda sobrante en ella. La miraste y me miraste. Frunciste el ceño dubitativa. “Tú pasaje”, dije sonriendo mientras apoyaba bien el pie derecho sobre la acera.

Avancé un poco más hacia la avenida y cuando la combi pasó por mi lado pude ver una sonrisa en tus labios, quizás una carcajada. Al mismo tiempo, guardabas la moneda sin dejar de reír.

Lo recuerdas, Sheccid ?