jueves, 24 de junio de 2010

Ahora?
Una llamada llegó repentinamente. Extraño. Todos los que estaban en la mesa eran los únicos que tenían mi número. Muy extraño.

Veo la pantalla. El celular no lo reconoce. Yo sí.
Un vistazo rápido a mi alrededor. Risas y más risas. Pero uno detecta mi preocupación.

Alguien lo llamó.

Trato de disimular mi preocupación. Hacía años que no recibía esa llamada.

Todos me miran. Contesta. Rápido y seguro -pensé-.

Aló - en silencio, espero respuesta-. Aclaro la garganta. Demoraste en conseguir mi número -dije sin titubeos-. Parece que no aprendiste mucho de lo que te enseñé. Dejo unos segundos para que responda.

Dile que ya me retiré. Y que le quede claro que la información que brindé fue pensando que sería utilizada de buena manera, como siempre. Otros segundos más para que conteste.

Lo siento. Esta vez no participaré-dije, mientras las risas alrededor de la mesa se disipaban-. Cómo? ...Ahora?...

Todos me miraban preocupados. HUYAN de inmediato.

Me paré y sin mirar a nadie tomé mis cosas ignorando sus llamados.

DE INMEDIATO.

Una explosión se escuchó a lo lejos acompañada de gritos de dolor.

Te lo dije Sheccid

Terminaba el día en el que paseamos más que nunca mientras recorríamos esa calle que conoce nuestra historia. El paradero, cada vez más cerca me indicaba que llegaría el último adiós. Te miré de reojo mientras comentabas unas de nuestras tantas anécdotas. Reías.

Te dije que podías contar conmigo, que siempre tendría tiempo para ti, que no importaría lo ocupado que esté, siempre estaré para ti. Gracias, respondiste.

Pero quería decirte algo más, algo que podría ocasionar lo contrario: no volverte a ver. Quiero correr el riesgo, te dije, sólo me basta con que lo sepas. Te veo dubitativa.

Me llené de valor y mirando tus hermosos ojos color caramelo me atreví a decir:

Sabes Sheccid ? Te quiero, te quiero, y mucho. Nunca conocí a una chica tan linda como tú. Realmente me gustas, me gustas, Sheccid.

Me miraste fijamente a los ojos. Sonreíste. Te acercaste.


No me dejes Sheccid


Esa tarde quedamos en encontrarnos en la mesa más alejada de la barra. Como siempre, para escondernos de las habladurías y ahondarnos en nuestra conversación amena de todas las tardes. Pero no llegaste.

Esperé y esperé. Miré mi reloj de toda la vida, el celular, el reloj de pared del lugar. No llegabas. Muy extraño, pensé. Entré a clases y a pesar de que teníamos todo en secreto y bien guardado, más de uno me preguntó por ti. No lo sé. Aún no la he llamado.

Estaba prohibido, pero nadie me impidió hacerlo. Miré tu nombre en la pantalla y marqué. Dos, tres veces. No contestas. En la cuarta alguien responde. No eras tú.

Aló? Conoce a la señorita? Sí. Ha sufrido un accidente. Me quedé helado, pero seguía escuchando. Un auto la atropelló mientras cruzaba la pista. Dónde está. En el cruce de bolívar con universitaria.

Sólo dije a todos lo evidente. Sufrió un accidente. Cuiden mis cosas y llamen a una ambulancia. Sin mayor inconveniente bajé los cuatro pisos, pasé la puerta principal y le dije al portero que una estudiante había sido atropellada. Mientras seguía corriendo escuché al hombre hacer una llamada por su radio comunicador.

Bolívar con universitaria. Ya antes tuviste problemas con esa calle, sólo que siempre habías estado conmigo. Esta vez estabas sola. Corría y corría. Efectivamente, en ese cruce un cúmulo de transeúntes rodeaba algo que todavía no veía con claridad. Un policía discutía con un hombre mientras lo llevaba a su camioneta ante los insultos de la gente. Me abrí paso entre todos hasta llegar a ti. Estabas en el suelo. Tu mochila abierta y con los cuadernos desperdigados en el pavimento.

Me acerqué. La conozco, dije con fuerza. Me seguí acercando. Me arrodillé y tomé tu cuerpo entre mis brazos. Limpié tu frente con mucho cuidado. Aquí estoy, te dije. Una voz tímida, casi inaudible, me dijo que estabas viva. Todo va a salir bien. Te di un beso en la mejilla mientras sentía tu mano acariciar la mía. Todo va a salir bien. No te preocupes. Sonreíste.

Gracias, Sheccid


Acabó todo y con una voz suave pero perceptible, pides que te siga. Bajas raudamente las escaleras y con algo de esfuerzo puedo alcanzarte. Te invito a almorzar, dices mientras trato de recuperar la respiración. A almorzar? A dónde?

Me llevaste a tu casa. Era la cuarta vez que estaba ahí, aunque siempre parecía la primera vez. Sólo estamos mi hermana y yo, dijiste mientras señalabas mi lugar en la mesa. Con mucha elegancia y cuidado colocaste un vaso, un plato y pediste que te espere. Tu hermana llegó y me saludó por mi cumpleaños. Sonreí. Cómo sabía una pequeña de ocho años que hoy era mi cumpleaños. Con la sinceridad que de su edad, tu hermanita respondió que no habías hablado de otra cosa en las últimas tres semanas. Reí. Me enteré también que tu mamá te ayudó a preparar todo para esta tarde.

Apareciste en el comedor y con una mirada lograste que tu hermana subiera las escaleras hacia su habitación. No seas mala con ella, sólo quería saludar. Le dije claramente que se quedara allá arriba. Reímos otro poco. Comimos, mientras escuchamos un poco de música. Suave, como para conversar.

Estuvo deliciosa la que ahora ya parecía una cena. Te agradecí el detalle. Ambos nos alejamos de los asientos y pediste -una vez más- que te espere. Fuiste a la cocina, escuché unos chasquidos y regresaste con una pequeña torta. Feliz cumpleaños. Que linda eres Sheccid. Te sonrojas.

Partimos la torta y pedí un deseo, tal y como lo reclamabas. Qué puedo pedir si desde ahora ya lo tengo todo, te dije. Sonreíste y sonrojaste. Comimos unas tajadas, mientras hacíamos cuentas sobre nuestras edades. Ya estás viejo, me dices. No me siento tan viejo, menos aún cuando estoy contigo.

Nos quedamos en la puerta antes de despedirnos. Serán dos días largos antes de volvernos a ver. No importa. Olvidaste algo y regresas. Espera. Espero. Sales con un paquete. Aún hay más? Es para ti. Lo abro y es un reloj. Elegante y acorde con mi peculiar estilo.

Te prometo que lo usaré desde ahora. Y cuando lo mire en las noches de desvelo sabré que estás conmigo dándome fuerzas desde donde estés.

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Son exactamente las 12.55 pm, faltan tres horas para reencontrarnos y verás en mi muñeca este reloj tan tuyo como mío. Muchos o quizá nadie preguntarán por él. Aunque pediste que no diga nada, diré que me lo dio alguien muy especial. Estoy seguro que todos saben que fuiste tú.


Gracias Sheccid
No te dejo Sheccid


Me había resignado a perderte y en la agonía la esperanza de oír tu voz se acababa. En menos de veinticuatro horas te extrañaba una vida y me juré a mí mismo no querer a nadie como a ti. Nuestra historia ya era un mito.

Pero hoy llegó un mensaje. Era tuyo. Como siempre, tratas de ocultar tus sentimientos. No lo consigues. Me extrañas. Nuestras conversaciones, paseos, miradas y risas.

Ambos sabemos que todo nos perjudica. No sé si más a ti que a mi. Pero queremos arriesgar. Basta ya de ocultarlo. Hablen lo que hablen, pese a quien le pese y digan lo que digan los demás. Te ríes.

Estamos nuevamente aquí, en el lugar de toda la vida. Tomo tu mano y dices que alguien puede vernos. Qué importa. Si yo te quiero. Te sonrojas.

Hablamos del breve adiós y prometemos que no ocurrirá más. Por lo menos no este mes. Frunces el ceño mientras yo sonrío.

Otra vez contigo Sheccid.



Tus señales, Sheccid

A pesar de que los hombres no suelen descifrar esas señales que dan las mujeres yo puedo decir que soy un afortunado. Puedo hacerlo. Ríes y a carcajadas.
No me crees? Una fue luego de aquella larga caminata que tuvimos. Esa noche, ya en casa, me dolían las piernas como nunca. Vuelves a reír. Pero valió la pena. Porque cuando te dije que ya me iba, diste la vuelta repentinamente y me mataste con tu ¿pero por qué? Me sorprendí y tú también. Te sonrojas.

Quieres que cuente otra? Lo piensas con una sonrisa.
Te respondo, Sheccid


Esta tarde preguntaste si recordaba cómo nos conocimos. Qué entiendes por conocernos Sheccid. La primera vez que nos miramos fijamente y sonreímos?, acaso la primera vez que conversamos de lo vanal y lo superfluo?, o quizá cuando (y esto dices que no lo recuerdas), chocamos y sólo atiné a recoger tu bolso y pedir disculpas mientras continuabas tu camino por el pasillo.

Exagero un poco con el recuerdo? Reímos. Pero es cierto. Así fue como te conocí.

Cómo decirlo Sheccid


Una vez más ante su atenta mirada no supe qué hacer.

La cálida tarde llegaba a su fin y el mejor de los recuerdos estaba por terminar. Sería la última vez que nos veríamos, que estaríamos juntos y compartiríamos una hora de conversaciones sin retorno.

Pero qué hacer cuando la conciencia aconseja dejar todo atrás y abandonar el presente que sólo nos aqueja. Te dice que llegó el momento de decir adiós, que es imposible continuar con algo que te destruirá continúes o no.

Sencillamente no lo sé, no entiendo porqué el escollo en la garganta, la voz temblorosa y los pensamientos que sólo tratan de hilvanar las mejores palabras para decir adiós.

Qué decir. No lo sé, repito. Tal vez que le deseo lo mejor y que cuenta conmigo para siempre.

No. Eso no. Quizá que el tiempo juntos (aunque no lo creas) lo recordaré con ternura cada noche de desvelo. No lo sé.

Seguir o no seguir, continuar o no con esta locura. Ese es el dilema. Mi dilema.

En qué piensas, qué opinas. Quiero saberlo. No respondes. Sigue el dilema.

Qué significo para ti, es la pregunta. No puedo exigir respuesta porque ni yo mismo te he respondido.

Quiero hacerlo, pero hay una barrera, un conflicto (ya lo dije?), un campo infranqueable que me lo impide. Pero quiero hacerlo, aunque sea sólo una vez.

Sé que para ti también es difícil. Muy difícil. Que a veces te cuesta mucho afrontar esta historia. Nuestra historia. Con idas y venidas, con idas y vueltas pero con la misma constante: hacer lo posible para que cada momento se prolongue al máximo, esperando cada vez con más recelo este adiós que pronto vendré a ofrecerte.

Que pronto vendré a ofrecerte.

No sabes lo que me pasó

Aún recuerdo su rostro desencajado y la mirada llena de angustia que transmitía. Aquella mañana de noviembre nadie imaginó lo que sucedería. En su intento por mostrar lo mejor de sí había terminado en un lío que hoy, un año después, comentamos entre risas antes de almorzar. Aunque, pensándolo bien, no fue nada divertido.

Sí, fue en noviembre cuando “el pequeño Walter” (sólo por su estatura, tiene 18 años), había conocido a un chico de intercambio: alto, blanco, ojos azules, cabello rubio, entre otras características propias de su natal Inglaterra. Su nombre era Michael y la única palabra que decía a duras penas y en su español masticado era “cigharow”. Esa vez el pequeño Walter lo ayudó a encontrar el ubicuo salón 209 y desde ahí se transformaría en su intérprete y gran amigo.

Una tarde de aquellas, Michael lo invitó a tomar un café en los alrededores de la universidad y Walter, aprovechando los diez minutos de tolerancia, aceptó sin vacilar. “Un café antes de clases me despertará", pensó. Caminaron por un rato mientras le recordaba los nombres de las facultades y sus características: En Ciencias El 80% de estudiantes son hombres, el 19% son mujeres que parecen hombres y un 1% SON mujeres. Jajajajajajaja, rieron antes de ingresar al local.

Se sentaron en la mesa más próxima a la puerta, dejaron sus mochilas en el suelo y pidieron el café que se habían prometido. Walter hablaba de los cursos y de la jefa de práctica más aburrida que le había tocado, su salón pequeño que producía claustrofobia y del profesor que nunca llegó; pero Michael se veía nervioso, se tocaba las manos, miraba a ambos lados y solo lanzaba sonrisas por compromiso. ¿Qué pasa?, dijo Walter, nada, respondió sin levantar la mirada de su taza de café. Walter intentó lanzar otra pregunta, pero Michael lo adelantó y dijo: Espérame un momento, ya vuelvo. Dejó su mochila, la taza a medio llenar, una casaca roja y su Mp3. Walter asintió dudosamente y lo vio alejarse a paso ligero. Ya vendrá.

10, 15, 20, 25, 30 minutos pasaron desde que Michael se fue. La camarera rondaba la mesa y Walter trataba de ignorarla sorbiendo un poco más del café que hace buen rato había terminado. ¿Regresará? Walter movía cada vez con más fuerza la pierna izquierda por la impaciencia."No importa la clase, el chico no viene”. Tomó su mochila, sacó unas monedas, pagó la cuenta y salió del lugar. Por poco olvida las cosas de Michael en la mesa.

Micros iban y venían. Ni las bocinas de los autos, los gritos de lleva, lleva, menos aún el pitar del policía lo inmutaron. Miraba a la derecha e izquierda para encontrar a Michael, pero ningún rastro suyo. ¿Qué hago?, lo llamó, pero lo único que escuchó fue a la contestadora con su “lo sentimos” tan indiferente que parecía importarle poco lo que sucedía.
La tercera clase del día se acercaba y no podía perderla. Ya me llamará.

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¿Qué perdiste a un chico de intercambio? Jajaja. Oigan, no se rían

¿Pero cómo se te va a perder una persona? No lo sé, dijo que ya venía y nunca regresó. He ido al hotel donde se aloja y no tienen información sobre él. Dejé sus cosas y mi número por si regresaba.

Pasaron cuatro días y de Michael no se sabía nada. Solo que los dueños del hotel habían sacado sus cosas del cuarto y ahora tenía una denuncia por estafa.¿Cómo le van a poner una denuncia si está desaparecido? No lo sé pero ya tiene su denuncia.

Un mes después, en la clase de Derecho Walter recibió una llamada. Salió del salón y regresó preocupado. Volteó sigilosamente y dijo: Me llamó la embajada. Michael está preso.