No me dejes Sheccid
Esa tarde quedamos en encontrarnos en la mesa más alejada de la barra. Como siempre, para escondernos de las habladurías y ahondarnos en nuestra conversación amena de todas las tardes. Pero no llegaste.
Esperé y esperé. Miré mi reloj de toda la vida, el celular, el reloj de pared del lugar. No llegabas. Muy extraño, pensé. Entré a clases y a pesar de que teníamos todo en secreto y bien guardado, más de uno me preguntó por ti. No lo sé. Aún no la he llamado.
Estaba prohibido, pero nadie me impidió hacerlo. Miré tu nombre en la pantalla y marqué. Dos, tres veces. No contestas. En la cuarta alguien responde. No eras tú.
Aló? Conoce a la señorita? Sí. Ha sufrido un accidente. Me quedé helado, pero seguía escuchando. Un auto la atropelló mientras cruzaba la pista. Dónde está. En el cruce de bolívar con universitaria.
Sólo dije a todos lo evidente. Sufrió un accidente. Cuiden mis cosas y llamen a una ambulancia. Sin mayor inconveniente bajé los cuatro pisos, pasé la puerta principal y le dije al portero que una estudiante había sido atropellada. Mientras seguía corriendo escuché al hombre hacer una llamada por su radio comunicador.
Bolívar con universitaria. Ya antes tuviste problemas con esa calle, sólo que siempre habías estado conmigo. Esta vez estabas sola. Corría y corría. Efectivamente, en ese cruce un cúmulo de transeúntes rodeaba algo que todavía no veía con claridad. Un policía discutía con un hombre mientras lo llevaba a su camioneta ante los insultos de la gente. Me abrí paso entre todos hasta llegar a ti. Estabas en el suelo. Tu mochila abierta y con los cuadernos desperdigados en el pavimento.
Me acerqué. La conozco, dije con fuerza. Me seguí acercando. Me arrodillé y tomé tu cuerpo entre mis brazos. Limpié tu frente con mucho cuidado. Aquí estoy, te dije. Una voz tímida, casi inaudible, me dijo que estabas viva. Todo va a salir bien. Te di un beso en la mejilla mientras sentía tu mano acariciar la mía. Todo va a salir bien. No te preocupes. Sonreíste.
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